martes, 1 de diciembre de 2015

Causam foederis

       No sé si lo sabíais, o si es cuestión o no de saberlo. No sé, entonces, si os lo habéis planteado alguna vez, pero adolecemos de un problema mayúsculo al que no parece prestarse demasiada atención. Sufrimos de una mortal, crónica y debilitante falta de motivación. Aparcamos donde nos sale de los huevos, 'manque' la línea continua amarilla, tan cuca ella y tan pegadita al arcén, nos diga lo contrario. Tiramos el envoltorio del chicle por la ventanilla del coche cuando nadie nos ve o, aún peor, cuando nos ven y nos observan ostensiblemente. Porque cuando nadie me ve puedo ser o no ser, pero cuando me ven, cuando me observan, cuando el papelillo de marras revolotea hasta el parabrisas del coche de atrás, con premeditación y alevosía, también nos la suda.
       Pero uno de los colmos de la indolencia y la cutrez se hipostasia cuando ponemos a un individuo, o individua, tras el anonimato de una línea telefónica y el logo de una multinacional. Esta vez ha sido Iberdola, pero puede serlo cualquiera, cualquier mega compañía que predica, eslogan en mano y musiquilla sentimentaloide al canto, su preocupación por sus clientes, por el medio ambiente o por cualquier otra causa de las que, tristemente, sólo importan a unos cuantos.
       El problema surge cuando quiero dar de baja un servicio que se suponía debía estar de baja y que ni ellos mismos saben si está de baja o de alta y, en cuyo caso (estar de alta), desconocen por qué sigue estándolo cuando di orden expresa de cancelar cualquier relación comercial con la compañía en cuestión. El quid radica, como comprendí después, aprehendiendo cual rayo que hiere mi ya de por sí deficiente mente la absoluta verdad iberdrólica, en que no había que dar orden expresa de cancelar toda relación comercial con ellos, sino orden específica de cancelar ese servicio adicional de cuya existencia nadie me había informado previamente. Como 'amablemente' me notificó una señorita, era mi problema por no leer con detenimiento las facturas. Nota al margen: si no sabes o no puedes leer, ve haciendo acopio de velas.
       Tras una acalorada conversación de besugas (visualice aquí el lector la imagen del espárido común en el litoral altántico europeo abriendo y cerrando intermitentemente la boca con cara de idiota) le pido que me pase con el departamento que pueda cursar la baja correspondiente, ya que ella es incapaz de hacerlo: el sistema no se lo permite. ¡¡El Sistema!! (Música de acojone). Pues bien, en el departamento de bajas nadie puede atender mi llamada, por lo que la señorita deja la correspondiente notificación para que se pongan en contacto conmigo.
       Cuatro días después, nadie se ha puesto en contacto conmigo (música de acojone, volumen 7). Vuelvo a llamar y otra amable señorita me dice que no pueden dar de baja ningún contrato a mi nombre puesto que no tengo ningún contrato con ellos. (Puñado de pelos yaciendo en mi mano). ¿Cómo coño me están facturando un servicio si no tengo contrato con ellos? Déjeme explicarle, Señora De, lo que usted tiene es un servicio adicional que bla,bla,bla,bla. Sí, pero, ¿ese servicio adicional no está regulado por un contrato? Pero déjeme explicarle, Señora De, bla,bla,bla... (Cara de almorranas en etapa aguda). No, gracias, no quiero que me explique nada porque ya conozco la explicación, me la dio una compañera suya hace casi una semana, quiero que me pase con el departamento de bajas. No voy a pasarle con el departamento de bajas si no me deja explicarle, bla,bla,bla... No quiero que me explique. Chirinolas aparte, la tipa me cuelga el teléfono.
       Vuelvo a llamar. A todo esto, el arduo proceso de: “marque cifra a cifra su número de referencia de contrato”. Voy a marcar cifra a cifra el número de ostias que le voy a calzar a tu %·$& madre. Lo siento, no le hemos entendido, marque cifra a cifra... ¡Por fin, Tiraslín, un humano! Quiero poner una reclamación contra la Señorita X por colgarme el teléfono. Pero en el informe de la Señorita X consta que la llamada se ha perdido. Me importa tres bledos y tres cuartos lo que el informe diga, pero por mi Santo Ovario Beatificado y el testículo izquierdo de mi esposo, que usted me abre una reclamación contra la Señorita X y, a continuación, me pasa con el departamento de bajas. Sí, Señora De. Reclamación abierta, le transfiero. Todos nuestros operadores están ocupados, por favor vuelva a llamar pasados unos minutos. Piii, piii, piii.
      Introducción, nudo y desenlace. Y el desenlace llega cuando devuelvo la factura y me llaman urgentemente para ver qué pasa, lo cual confirma mi hipótesis inicial: adolecemos de una crónica, debilitante y mortal por necesidad falta de motivación. Y no es ya que no tengamos motivación externa: el tío de la Vara sacudiéndonos a base de bien hasta que se nos pase la tontería, tres coches policiales estilo USA saliendo de la nada y acorralándonos por haber tirado el papel o puesto las largas al tío Paco que conduce como el culo simplemente por respetar los límite de velocidad. El problema es que nada de esto sería necesario si tuviéramos motivación interna. Esa especie de gusanillo que tienen algunas personas por hacer las cosas bien, simplemente porque las cosas bien hechas están mejor que las mal hechas y, generalmente, llevan menos tiempo. O porque su sentido de la ética y de la moral así lo dicta. O porque son conscientes de su papel como seres sociales y no quieren joder al vecino. O porque tienen alegría de vivir, curiosidad, ganas de aprender, sentido del humor y resilencia. O, simplemente, porque se responsabilizan de lo que les toca y no echan la culpa al 'sistema', al 'protocolo' o a la excusa de turno.
       Lo peliagudo es que las bases de todas esas conductas proactivas y positivas se desarrollan durante la infancia y que, adultos no motivados no van a transmitir motivación alguna. La motivación y el entusiasmo se respiran, se palpan, se transmiten como ondas a través del espacio, radiándonos desde el buen orador, el profesor comprometido, el médico que lucha por la excelencia, el defensor de los derechos humanos o la madre que te espera con el vaso de leche calentita cuando llegas cansado en un día de lluvia.
       Mi inexperto consejo: buscad una causa, la que sea. Grande, pequeña o mediana. Y comprometeos con ella. Entusiasmaos. Haced las cosas que han de ser hechas con alegría o, al menos, con buen hacer, y evitad las que no queráis hacer que puedan ser evitadas. Poneos en la piel del otro: del tío Paco, que está perdiendo visión y se siente inseguro conduciendo y más inseguro aún si le ponen las largas cuando él, al fin y al cabo, está cumpliendo las normas. Como dijo Serrat: “No me importa seguir las reglas del juego, en tanto las respete el otro también.” Y si no te gustan, las reglas del juego, lucha por cambiarlas en lugar de saltártelas a la torera con indolencia. Porque es triste que actuemos como borregos del sistema, motivados por el miedo al castigo más que por el placer de dar lo mejor de nosotros mismos.

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