viernes, 11 de diciembre de 2015

Escarlata O'Hara no era bella...

       Hay un refrán español que expresa con castiza claridad una máxima psicológica: “Piensa el ladrón que todos son de su condición.”
       A mí me evoca a Melania Hamilton, el personaje cinematográfico de 'Lo que el viento se llevó.” Y digo 'cinematográfico' porque, a pesar de que la co-protagonista de esta archigalardonada película nació como un personaje literario, Olivia de Havilland la encarna en la gran pantalla con una maestría que sobrepasa con creces siete novelas.
       Pues bien, Melania Hamilton es una jovencita candorosa e ingenua que, a lo largo de este drama bélico se empeña, al parecer, en no querer ver lo mala malísima que es Escarlata O'Hara. Pero, como casi todo en esta vida, ni alguien es tan malo malísimo ni nadie tan tonto tontísimo. Simplemente, Melania Hamilton no es capaz de ver en los demás lo que desconoce o no experimenta en sí misma o, si lo ve, da margen a interpretar las motivaciones ajenas más allá del maniqueísmo de la bondad o maldad absolutas.
       No se puede atribuir a una persona una cualidad que desconocemos, ya sea experimental o conceptualmente, del mismo modo que no podemos pedir en un restaurante un plato de cuya existencia jamás hemos oído hablar. Los colores que percibimos como realidades diferenciadas son diferentes longitudes de onda dentro de un continuo (perdónenme los físicos por la simplista explicación). El espectro es continuo, no hay saltos ni vacíos entre una longitud de onda y otra y, sin embargo, percibimos el azul celeste como una categoría diferente al azul marino por el mero, que no baladí, hecho de tener un nombre con el que etiquetarlo.
       Imagina que tienes un amigo que se dedica a la abogacía. Imagina que un conocido necesita un abogado y que tú le pasas el teléfono de tu amigo. Tu amigo tiene una agenda muy ocupada, además de una vida personal y familiar bastante atareadas. Sin embargo, concede una cita al que, de ahora en adelante, llamaremos 'Individuo X', fuera del horario laboral. Individuo X no se presenta a la cita y telefonea al abogado veinte minutos después con voz de pocos amigos interpelando al letrado por los motivos de su falta de puntualidad. Tras un breve pero eficaz intercambio de símbolos lingüísticos, Individuo X llega sin llegar a la conclusión (porque la epifanía de tal conocimiento debería de haber suscitado en él una disculpa) de que se ha equivocado de dirección. “En diez minutos estoy ahí”. Como los diez minutos suponen un total de 40 minutos de retraso respecto a la hora acordada, el señor letrado responde que pasados los 15 minutos de cortesía que uno le concede a la ocurrencia de cualquier avatar azaroso, no atiende visitas. Individuo X cuelga el teléfono e, inmediatamente, te llama para decirte que tu amigo es un sinvergüenza.
       Existen muchas maneras de reaccionar a esta situación y todas ellas dependerán de cuántos bancos hayas robado o, dicho menos metafóricamente, de lo que tengas en la cabeza, prejuicios incluidos. Del término latino 'praejudicium' (antecedente) un prejuicio no es, en primera instancia, más que un juicio basado en decisiones y experiencias previas. Así pues, una persona madura y asertiva probablemente reconocería su error y concertaría una nueva cita. Un individuo inseguro y agresivo no tendrá problema en difamar al más pintado. A la larga, tal vez nos consuele pensar que, como dicen que dijo Aristóteles, 'El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras', o que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo (excepto si es el cojo el que va persiguiendo al mentiroso). En las distancias cortas, sin embargo, y hasta que el mentiroso se deje en evidencia, es mejor salirse del radio de acción de estos personajes de ficción porque, de nuevo, 'piensa el ladrón que todos son de su condición' y en el intermedio, además, te manga la cartera.
       Es complicado esto de la cognición social, así que creo que “ya lo pensaré mañana. Al fin y al cabo, mañana será otro día.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario