martes, 24 de noviembre de 2015

De por qué es evolutivo ser espectador

       Había tenido yo una nochecita entre toledana e infernal, con mi pequeño vástago mamón ejerciendo de primate mamífero cada 40 minutos. Me dolía desde el pezón izquierdo hasta la uña del meñique del pie derecho y estaba de un humor descafeinado e intratable.
       Salí a hacer unas compras, cangureando al enano que se debatía entre ir 'ananno' (andando) y en la mochila de porteo, que portear portea de maravilla pero te deja con un dolor de espalda del trece, número exacto de kilos que pesa mi 'pequeño' chimpancé. Al grito de: '¡ariiiiba, apa!', ejercicio completo de biceps y triceps. Un par de minutos después: 'ananno' y ¡venga flexión lumbar! Si a una noche sin dormir le sumas este maratón de zumba, deberían colocarte un cartel de 'Ni me miren, que exploto.'
       Pues bien, no contento con la clase magistral de paciencia materna que venía impartiéndome durante las últimas casi 20 horas, el pequeño saltamontes decidió, en el aparcamiento atestado del centro comercial, que las sillitas homologadas para bebés no son lo suyo, y que él no quería ir 'ahí' sino 'ahí'.
       En tan ardua tarea de razonamiento infantil me hallaba, cuando una furgoneta gris metalizado paró a unos metros de mí, obstaculizando el paso, y su dueño, que no tenía los pezones doloridos ni más sueño que la bella durmiente rodando un anuncio con Lorenzo Lamas, puso el intermitente y me hizo una señal con la mano. Los pensamientos se me amontonaron, displicentes, en la recámara. “Otros tres huecos para aparcar y el imbécil este, que ve que estoy peleándome por sentar al niño, se pone ahí para meterme prisa. Ahora los coches de detrás empezarán a pitar y yo me voy a cagar en todo lo que se menea, incluida su santa madre.”
       En ese preciso momento de la escatológica hipóstasis de mi cabreo sumo, el tipo me hace otro gestito con la mano a lo que, sin poder contenerme, replico: “¡Venga y que te den!” Gracias a la divina sensatez de Zorastro, las miradas no matan.
       El tipo empieza a bajar la ventanilla de su vehículo. “Ya la hemos liado” me digo. Me veía como el del chiste aquél de: 'Pues ahora se mete el puto teléfono por el culo.' Pero, ¡no! El hombre sonríe y, cual si hubiera estado leyendo mis pensamientos, en un alarde inesperado de amabilidad, dice: “Señora, no se enfade. Necesito aparcar ahí porque tengo que descargar unas cajas. Pero tómese su tiempo, no hay prisa. ¿Necesita ayuda?”
       En ese instante sentí como si alguien hubiese pulsado el botón de 'pausa'. El tiempo se detuvo, literalmente, en un ejercicio de relatividad general, y me convertí en una mera espectadora de aquella imagen. El tipo de la furgoneta sonriendo amablemente, la señora del coche de atrás atrapada en una mueca desabrida y nada favorecedora, mi hijo protestando porque él tampoco había dormido demasiado bien y un pajarillo picoteando migas de pan en el suelo. Todos petrificados, en pausa, por tanto tiempo como fuera necesario.
       Y entonces, tal cual, como un rayo hiriendo mi mente, llegó el insight, la revelación: todos aquellos personajes actuaban como querían, sabían o podían en ese preciso instante sin que eso tuviera absolutamente nada que ver conmigo. Y yo podía decidir tomármelo como algo personal y utilizar la situación como excusa irracional pero perfecta para dar rienda suelta a mi frustración matutina, o aceptar las cálidas palabras del tipo de la furgoneta y respirar hondo.
       Las reacciones de los demás no tienen nada que ver con nosotros, sino con ellos. Con sus condicionamientos, sus capacidades, sus decisiones, sus interpretaciones, sus necesidades, sus expectativas, sus hormonas, sus historias personales, llamadlo 'x'. El no tomar conciencia de ello nos convierte en víctimas de las circunstancias, marionetas de las emociones y conductas ajenas, hojas al albur del viento de la tarde. Como dijera Viktor Frankl: Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino.”
       Simplemente necesitamos algo de práctica para elevarnos por encima de la maraña, pausar la imagen y adoptar la postura del espectador, reconociendo el papel de nuestras propias expectativas, necesidades y decisiones porque, y de nuevo cito a Frankl: “El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad.” Y si no queremos o no necesitamos, o simplemente no elegimos aprehenderlo, salgámonos de su maraña personal y dejémoslo marchar.