miércoles, 16 de diciembre de 2015

Rediscovering honesty

       Once upon a time I had an acquaintance that could be considered weird. She looked very much like a Hungarian gypsy with an olive complexion, black hair and blue eyes that glowed like a lighthouse. Her appearance was intimidating, intentional or not, and yet her modest looks disguised her inevitable attractiveness. She studied hard to become a doctor but ended up focusing exclusively on alternative medicine, such as homeopathy and acupuncture.

       I recall attending an acupuncture session with her that was intended to treat a bout of constipation that had lasted for a couple of weeks. I believe in acupuncture, but in this case the nocebo effect of the tension I felt in her presence made me more constipated than I was before.

       I remember her calling my mother not long after to tell her that, due to a terrible headache, she had gone for an EEG to diagnose the problem. The test illustrated very unusual brain waves and activity not commonly seen in normal people. Contrary to one might expect, these strange results made her quite happy: she didn't want to see a normal result simply because she never believed that she was a normal person.

       I'm sorry if I take you out of your comfort zone, but metal disease is not a black and white issue. “Mental health” is more like a continuous line, or like a moving sidewalk in an airport. At one extreme we identify illness, while at the other we observe normality. We all sit at varying degrees of this spectrum. Our position can change depending on the circumstances we are exposed to. Even the most ordinary person can become quite different amidst high levels of stress and difficult conditions, possibly resulting in depression or other states of mind that may seem more like illness.

       I now truly understand how my acquaintance felt: I also like to be weird because what we consider to be strange completely depends upon our own perception. So, there's no need to worry if what you enjoy doing or feel the need to do falls in this category because you are simply following your own path as opposed to somebody else's; you're merely being honest with others as well as yourself.

       Beware, however. Being honest isn't always the easiest thing to do. There are people who claim that they like honesty – until you tell them what they don't want to hear. In fact, in my opinion, a lack of consistency is one of the biggest small problems facing humanity.

       For example, somebody can criticize you for wanting to have another child because the world is overpopulated, an obvious drain on natural resources. On the other hand, they can aspire to produce a bunch of vinyl records that, in turn, demand yet more oil production and usage, a clear negative on the ecology. That same person may dislike his mother because she is lazy and has no obvious interest in anything, but he can also live with a remarkably lazy woman who's eerily similar to his completely unstable mother. This partner also refuses to work or produce much of anything that actually contributes to a lifestyle of anything other than complete dependance.

       It's said that nobody is perfect. Or, maybe we are perfect based on what the universe has in store for us. Either way, I believe that maturity entails recognizing and atoning for our own mistakes as a way to grow. If you constantly claim the right to be honest with no regard for someone else's feelings, it's quite hypocritical to have no ability to process that same honesty which comes from others. Further, it's even more damaging when you accuse others being far less than what you actually are.

       Be creative, fight for your dreams, love, experience things, take risks, be honest with your soul and learn to forgive. We all make mistakes and if you never learn to forgive others you'll never be able to forgive yourself. If you choose to remain a victim as opposed to taking responsibility for your own actions, you remain essentially everything you accuse others of being.You have the right to choose being a victim and not a hero, finding excuses instead of solutions or blaming others instead of looking inside you. That's just a matter of choice. But, then, remember: actions always speak louder than words. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Escarlata O'Hara no era bella...

       Hay un refrán español que expresa con castiza claridad una máxima psicológica: “Piensa el ladrón que todos son de su condición.”
       A mí me evoca a Melania Hamilton, el personaje cinematográfico de 'Lo que el viento se llevó.” Y digo 'cinematográfico' porque, a pesar de que la co-protagonista de esta archigalardonada película nació como un personaje literario, Olivia de Havilland la encarna en la gran pantalla con una maestría que sobrepasa con creces siete novelas.
       Pues bien, Melania Hamilton es una jovencita candorosa e ingenua que, a lo largo de este drama bélico se empeña, al parecer, en no querer ver lo mala malísima que es Escarlata O'Hara. Pero, como casi todo en esta vida, ni alguien es tan malo malísimo ni nadie tan tonto tontísimo. Simplemente, Melania Hamilton no es capaz de ver en los demás lo que desconoce o no experimenta en sí misma o, si lo ve, da margen a interpretar las motivaciones ajenas más allá del maniqueísmo de la bondad o maldad absolutas.
       No se puede atribuir a una persona una cualidad que desconocemos, ya sea experimental o conceptualmente, del mismo modo que no podemos pedir en un restaurante un plato de cuya existencia jamás hemos oído hablar. Los colores que percibimos como realidades diferenciadas son diferentes longitudes de onda dentro de un continuo (perdónenme los físicos por la simplista explicación). El espectro es continuo, no hay saltos ni vacíos entre una longitud de onda y otra y, sin embargo, percibimos el azul celeste como una categoría diferente al azul marino por el mero, que no baladí, hecho de tener un nombre con el que etiquetarlo.
       Imagina que tienes un amigo que se dedica a la abogacía. Imagina que un conocido necesita un abogado y que tú le pasas el teléfono de tu amigo. Tu amigo tiene una agenda muy ocupada, además de una vida personal y familiar bastante atareadas. Sin embargo, concede una cita al que, de ahora en adelante, llamaremos 'Individuo X', fuera del horario laboral. Individuo X no se presenta a la cita y telefonea al abogado veinte minutos después con voz de pocos amigos interpelando al letrado por los motivos de su falta de puntualidad. Tras un breve pero eficaz intercambio de símbolos lingüísticos, Individuo X llega sin llegar a la conclusión (porque la epifanía de tal conocimiento debería de haber suscitado en él una disculpa) de que se ha equivocado de dirección. “En diez minutos estoy ahí”. Como los diez minutos suponen un total de 40 minutos de retraso respecto a la hora acordada, el señor letrado responde que pasados los 15 minutos de cortesía que uno le concede a la ocurrencia de cualquier avatar azaroso, no atiende visitas. Individuo X cuelga el teléfono e, inmediatamente, te llama para decirte que tu amigo es un sinvergüenza.
       Existen muchas maneras de reaccionar a esta situación y todas ellas dependerán de cuántos bancos hayas robado o, dicho menos metafóricamente, de lo que tengas en la cabeza, prejuicios incluidos. Del término latino 'praejudicium' (antecedente) un prejuicio no es, en primera instancia, más que un juicio basado en decisiones y experiencias previas. Así pues, una persona madura y asertiva probablemente reconocería su error y concertaría una nueva cita. Un individuo inseguro y agresivo no tendrá problema en difamar al más pintado. A la larga, tal vez nos consuele pensar que, como dicen que dijo Aristóteles, 'El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras', o que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo (excepto si es el cojo el que va persiguiendo al mentiroso). En las distancias cortas, sin embargo, y hasta que el mentiroso se deje en evidencia, es mejor salirse del radio de acción de estos personajes de ficción porque, de nuevo, 'piensa el ladrón que todos son de su condición' y en el intermedio, además, te manga la cartera.
       Es complicado esto de la cognición social, así que creo que “ya lo pensaré mañana. Al fin y al cabo, mañana será otro día.”

martes, 1 de diciembre de 2015

El arte de estudiar

Técnicas de estudio para niños (y no tan niños)
Cursos y sesiones de seguimiento.

Causam foederis

       No sé si lo sabíais, o si es cuestión o no de saberlo. No sé, entonces, si os lo habéis planteado alguna vez, pero adolecemos de un problema mayúsculo al que no parece prestarse demasiada atención. Sufrimos de una mortal, crónica y debilitante falta de motivación. Aparcamos donde nos sale de los huevos, 'manque' la línea continua amarilla, tan cuca ella y tan pegadita al arcén, nos diga lo contrario. Tiramos el envoltorio del chicle por la ventanilla del coche cuando nadie nos ve o, aún peor, cuando nos ven y nos observan ostensiblemente. Porque cuando nadie me ve puedo ser o no ser, pero cuando me ven, cuando me observan, cuando el papelillo de marras revolotea hasta el parabrisas del coche de atrás, con premeditación y alevosía, también nos la suda.
       Pero uno de los colmos de la indolencia y la cutrez se hipostasia cuando ponemos a un individuo, o individua, tras el anonimato de una línea telefónica y el logo de una multinacional. Esta vez ha sido Iberdola, pero puede serlo cualquiera, cualquier mega compañía que predica, eslogan en mano y musiquilla sentimentaloide al canto, su preocupación por sus clientes, por el medio ambiente o por cualquier otra causa de las que, tristemente, sólo importan a unos cuantos.
       El problema surge cuando quiero dar de baja un servicio que se suponía debía estar de baja y que ni ellos mismos saben si está de baja o de alta y, en cuyo caso (estar de alta), desconocen por qué sigue estándolo cuando di orden expresa de cancelar cualquier relación comercial con la compañía en cuestión. El quid radica, como comprendí después, aprehendiendo cual rayo que hiere mi ya de por sí deficiente mente la absoluta verdad iberdrólica, en que no había que dar orden expresa de cancelar toda relación comercial con ellos, sino orden específica de cancelar ese servicio adicional de cuya existencia nadie me había informado previamente. Como 'amablemente' me notificó una señorita, era mi problema por no leer con detenimiento las facturas. Nota al margen: si no sabes o no puedes leer, ve haciendo acopio de velas.
       Tras una acalorada conversación de besugas (visualice aquí el lector la imagen del espárido común en el litoral altántico europeo abriendo y cerrando intermitentemente la boca con cara de idiota) le pido que me pase con el departamento que pueda cursar la baja correspondiente, ya que ella es incapaz de hacerlo: el sistema no se lo permite. ¡¡El Sistema!! (Música de acojone). Pues bien, en el departamento de bajas nadie puede atender mi llamada, por lo que la señorita deja la correspondiente notificación para que se pongan en contacto conmigo.
       Cuatro días después, nadie se ha puesto en contacto conmigo (música de acojone, volumen 7). Vuelvo a llamar y otra amable señorita me dice que no pueden dar de baja ningún contrato a mi nombre puesto que no tengo ningún contrato con ellos. (Puñado de pelos yaciendo en mi mano). ¿Cómo coño me están facturando un servicio si no tengo contrato con ellos? Déjeme explicarle, Señora De, lo que usted tiene es un servicio adicional que bla,bla,bla,bla. Sí, pero, ¿ese servicio adicional no está regulado por un contrato? Pero déjeme explicarle, Señora De, bla,bla,bla... (Cara de almorranas en etapa aguda). No, gracias, no quiero que me explique nada porque ya conozco la explicación, me la dio una compañera suya hace casi una semana, quiero que me pase con el departamento de bajas. No voy a pasarle con el departamento de bajas si no me deja explicarle, bla,bla,bla... No quiero que me explique. Chirinolas aparte, la tipa me cuelga el teléfono.
       Vuelvo a llamar. A todo esto, el arduo proceso de: “marque cifra a cifra su número de referencia de contrato”. Voy a marcar cifra a cifra el número de ostias que le voy a calzar a tu %·$& madre. Lo siento, no le hemos entendido, marque cifra a cifra... ¡Por fin, Tiraslín, un humano! Quiero poner una reclamación contra la Señorita X por colgarme el teléfono. Pero en el informe de la Señorita X consta que la llamada se ha perdido. Me importa tres bledos y tres cuartos lo que el informe diga, pero por mi Santo Ovario Beatificado y el testículo izquierdo de mi esposo, que usted me abre una reclamación contra la Señorita X y, a continuación, me pasa con el departamento de bajas. Sí, Señora De. Reclamación abierta, le transfiero. Todos nuestros operadores están ocupados, por favor vuelva a llamar pasados unos minutos. Piii, piii, piii.
      Introducción, nudo y desenlace. Y el desenlace llega cuando devuelvo la factura y me llaman urgentemente para ver qué pasa, lo cual confirma mi hipótesis inicial: adolecemos de una crónica, debilitante y mortal por necesidad falta de motivación. Y no es ya que no tengamos motivación externa: el tío de la Vara sacudiéndonos a base de bien hasta que se nos pase la tontería, tres coches policiales estilo USA saliendo de la nada y acorralándonos por haber tirado el papel o puesto las largas al tío Paco que conduce como el culo simplemente por respetar los límite de velocidad. El problema es que nada de esto sería necesario si tuviéramos motivación interna. Esa especie de gusanillo que tienen algunas personas por hacer las cosas bien, simplemente porque las cosas bien hechas están mejor que las mal hechas y, generalmente, llevan menos tiempo. O porque su sentido de la ética y de la moral así lo dicta. O porque son conscientes de su papel como seres sociales y no quieren joder al vecino. O porque tienen alegría de vivir, curiosidad, ganas de aprender, sentido del humor y resilencia. O, simplemente, porque se responsabilizan de lo que les toca y no echan la culpa al 'sistema', al 'protocolo' o a la excusa de turno.
       Lo peliagudo es que las bases de todas esas conductas proactivas y positivas se desarrollan durante la infancia y que, adultos no motivados no van a transmitir motivación alguna. La motivación y el entusiasmo se respiran, se palpan, se transmiten como ondas a través del espacio, radiándonos desde el buen orador, el profesor comprometido, el médico que lucha por la excelencia, el defensor de los derechos humanos o la madre que te espera con el vaso de leche calentita cuando llegas cansado en un día de lluvia.
       Mi inexperto consejo: buscad una causa, la que sea. Grande, pequeña o mediana. Y comprometeos con ella. Entusiasmaos. Haced las cosas que han de ser hechas con alegría o, al menos, con buen hacer, y evitad las que no queráis hacer que puedan ser evitadas. Poneos en la piel del otro: del tío Paco, que está perdiendo visión y se siente inseguro conduciendo y más inseguro aún si le ponen las largas cuando él, al fin y al cabo, está cumpliendo las normas. Como dijo Serrat: “No me importa seguir las reglas del juego, en tanto las respete el otro también.” Y si no te gustan, las reglas del juego, lucha por cambiarlas en lugar de saltártelas a la torera con indolencia. Porque es triste que actuemos como borregos del sistema, motivados por el miedo al castigo más que por el placer de dar lo mejor de nosotros mismos.