lunes, 3 de octubre de 2016

Consulting...

Consulting no es terapia, o no necesariamente tiene por qué serlo.
Consulting no tiene que durar meses o años. Puede ser tan extenso o tan breve como tú quieras.
Consulting se adapta a lo que tú necesitas y cuando tú lo necesitas.
Consulting es un servicio online, para que no tengas que moverte de casa, y económico.
Consulting es, simplemente, una manera de ofrecerte perspectiva en momentos difíciles, o no tan difíciles.


viernes, 24 de junio de 2016

Una opinión tonta... como otra cualquiera...


Urbanización 'Gran Alacant', Santa Pola, Alicante, España. Un reducto británico que en breve solicitará la realización de un referéndum para votar su anexión a Gibraltar.  

Un verano cualquiera, sala de espera del Consultorio Médico Local (Sanidad Pública). La mitad de los pacientes allí sentados son ciudadanos británicos jubilados esperando a ser atendidos por su médico. No hablan ni una palabra de español. Bueno, venga, no seamos maniqueos, probablemente saben decir 'hola' y 'adiós' y, si me apuras, como el del chiste, 'a ti te parió una madre'. Podríamos alegar que es cuestión de edad, que a los setenta y pico quién es el listo que se pone a aprender una segunda lengua, con lo complicadas que son las conjugaciones verbales de la lengua cervantina y esa manía nuestra de diferenciar entre 'ser' y 'estar' o lo intrincado que es eso del género léxico. Como dice mi esposo, que por qué la 'mesa' es 'mesa' y no 'meso' si no tiene vagina.

Pero me temo que es algo más profundo, más ligado quizás a un sentimiento de superioridad imperialista que tal vez se transmita genéticamente y que, entre otras tantas sinrazones, obligó a los británicos (es lo que tiene la genética) a aferrarse a la India hasta 1947 (en pleno siglo dieci...veinte... como dirían Les Luthiers). 

Un estudio de la Universidad de Harvard publicado en el 'American Journal of Medicine' concluyó que el gen Zx-519, comúnmente conocido como 'el gen de Felipe II', aparece sólo en un 10% de la población española y se transmite de manera recesiva, mientras que 'el gen del rey Jorge' se ha hallado en la cadena de ADN mitocondrial de más del 51% de los británicos.

En el libro de 5º de Primaria de mi hija dice: "El Mercado Común nace de la voluntad de una Europa unidad después de la Segunda Guerra Mundial, basándose en la idea de que países que tienen vínculos económicos son menos proclives a enfrentarse en conflictos militares." Pero, de nuevo, el ser humano parece ser el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra...

Es una vergüenza que se publiquen imágenes en Facebook bajo el titular de 'refugiados Sirios rechazando comida ofrecida por católicos. Comparte si te indigna.' Es una vergüenza ver las declaraciones de Trump sobre la masacre de Orlando, asegurando que si hubiera habido más personas con armas que, en aquel momento, hubieran disparado a ese 'hijo de puta' entre los ojos eso no hubiera pasado. Y más vergonzosa la horda de americanos ignorantes y vigilantes de su identidad patria aplaudiendo tales afirmaciones cuando los nativos americanos son un 0'8% de la población de Estados Unidos. Es una vergüenza ver las declaraciones de los votantes del PP diciendo que los casos de corrupción en su partido son una minoría insignificante. Es penoso que la gente no lea, no se informe, no tenga la más mínima dosis de espíritu crítico.  Que el odio, el miedo y la ignorancia sean usados por políticos mediocres de mucha o poca monta para manipular a la ciudadanía, y que la ciudadanía lo permita.

Creo en el derecho a la educación y a la sanidad. Al librepensamiento. A la 'multiculturalidad' y 'multiracialidad'. Creo en la empatía y en la ayuda al prójimo. Creo en un mundo de todos con recursos para todos. Creo en la cultura como la mejor de las armas. Y creo que la próxima vez, en lugar de a Londresm, me iré al Lago Ness.

lunes, 22 de febrero de 2016

Inglés-Terapia (c)


  • Hablar una segunda lengua aumenta la funcionalidad del cerebro, ya que lo obliga a reconocer y negociar significados en varios códigos lingüísticos. Por extensión, esto favorece la habilidad de negociar significados en otras tareas de resolución de problemas. 
  • Los estudiantes de lenguas extranjeras tienden a obtener mejores puntuaciones en tests estandarizados, especialmente en las categorías de matemáticas, lectura y vocabulario.
  • Las personas multilingües son mejores a la hora de realizar varias tareas simultáneamente, ya que su cerebro está acostumbrado a ello. 
  • Aprender una segunda (o tercera) lengua protege contra el Alzheimer y la demencia, retrasando en más de 4 años la aparición de los primeros síntomas de estas enfermedades.
  • El bilingüismo mejora la memoria.
  • Las personas multilingües son mejores a la hora de focalizar la atención en la información relevante y obviar la irrelevante.
  • Los bilingües tienden a tomar decisiones más racionales y a puntuar mejor en tareas de toma de decisiones. 

     Y por si todo esto no fuera suficiente, tener un hobby aumenta el nivel de satisfacción general y las probabilidades de aumentar tu círculo social. Cada vez que aprendemos algo nuevo, afloran nuestras inseguridades, expectativas y capacidad de proponernos nuevos retos, entre otros. Aprender una segunda lengua, a tu ritmo, con un método adaptado a tus gustos y disponibilidad es toda una oportunidad. ¡Apúntate a la Inglés-Terapia!


Spanish Menu

lunes, 15 de febrero de 2016

Un cadáver exquisito...

      Os propongo un juego...
 
    ¿Recordáis cuando en el colegio (los o las que lo hicierais) escribíamos una frase en una hoja de papel, la doblábamos y se la pasábamos a un compañero para que, viendo sólo la última palabra de nuestro escrito, lo continuara? Pues bien, fueron los surrealistas los que comenzaron a usar esta técnica creativa allá por 1925 con el nombre de 'Cadáver exquisito'.
 
     "Los teóricos y asiduos al juego (en un principio, Robert Desnos, Paul Éluard, André Bretón y Tristan Tzara) sostenían que la creación, en especial la poética, debe ser anónima y grupal, intuitiva, espontánea, lúdica y en lo posible automática."
 
     Mis pretensiones son más modestas: simplemente, pasar un buen rato y darle rienda suelta a la creatividad. ¿Las reglas? Responde con entre dos y quince líneas a la última de las respuestas publicadas. En caso de recibir más de una respuesta al mismo post, se publicarán por estricto orden de recepción... ¿Os animáis?
 
 

     "Dormía plácidamente con el culo de su gata Fifí en la frente, mientras el rabo de la minina le acariciaba rítmicamente la nariz sin que aquel vaivén peludo pareciera tener ningún efecto en su sueño."

You can learn Spanish like this...




Or, you can learn Spanish with me:


No need to get wet!
No need to be tortured!
No need to get yelled at!

Check here for the advantages of learning a second language!


jueves, 11 de febrero de 2016

Mi abuela/ My grandma

     

     Yo solía hablar con mi abuela casi a diario. La gran mayoría de las veces sobre cosas sin trascendencia, como la trastada de turno de los niños o el precio de las alcachofas. Mi abuela era una persona eminentemente práctica a la que no le gustaba que le calentaran la cabeza con cosas a las que no quería o no podía enfrentarse. Nunca fue aventurera o innovadora y encontraba la felicidad en su marido, su casa, sus quehaceres cotidianos y sus pequeñas cosas: las ofertas del supermercado, la telenovela, el paseo hasta la farmacia o las revistas del corazón,  que últimamente apenas alcanzaba a leer y que ella reconocía con un pragmatismo y saber estar envidiables.  “Nena, yo, si no me miro al espejo, me creo que tengo veinte años.”

       Mi abuela raramente se enfadaba y, si lo hacía, no lo expresaba. Empezó a hacerlo (expresar abiertamente su opinión, especialmente la discordante) hace un par de años. Nos preguntábamos si era por la desinhibición propia de la edad o de los antidepresivos que tomaba desde hacía un par o tres de años  y que se negaba a dejar porque, como ella decía, a su edad no iba a dejar de tomar azúcar ni sal ni a volverse adicta a ninguna pastilla. A mí nunca me gritó. No me levantó la voz ni la mano, pero cuando decía ‘no’ quería decir ‘no’,  y como no había forma humana de convencerla de lo contrario, uno no consideraba siquiera gastar tiempo y energía en hacerlo.  Nunca consintió en comer comida china ni mejillones que ella no hubiera limpiado y cocinado personalmente. Las manías no las curan los médicos.

       Mi abuela me enseñó a hacer punto y ganchillo. Debido a mi ‘zurdez’, tuvo  una paciencia estoica: me explicaba cómo hacerlo, me observaba mientras tricotaba y, pacientemente, deshacía la labor cuando me yo me equivocaba y,  ¡vuelta a empezar! Me enseño a hacer canelones, punto de cruz y vainica (aunque de esto último me he olvidado por completo). Nunca me compró ‘chuches’ ni caprichos, pero no me faltaban  ropa interior, calzado o libros. Me felicitaba por mi santo y mi cumpleaños, por el de mis hijos y el de mi marido.  No se le pasó ni uno. En una de nuestras  últimas conversaciones, no lo olvidaré nunca, me dijo: “Nena, tú que eres tan inteligente, porque yo a todo el mundo le digo lo inteligentísima que es mi nieta, ¿no sabrás cómo hacer para pelar los huevo s cocidos sin que se les quede la cáscara pegada?” ¡Ya veis! Mi abuela no sólo pensaba que yo era inteligentísima sino que tenía la solución a tamaño problema. Ahora, cada vez que cuezo huevos me acuerdo, inevitablemente, de ella.

       Hace seis meses que no puedo hablar con mi abuela. Sufrió un infarto cerebral que la ha dejado postrada en una cama, hemipléjica y sin poder apenas comunicarse.  Aún ahora, de vez en cuando, cojo el teléfono pensando que tengo que llamar a mi abuela para contarle que en Mercadona han puesto las alcachofas a 1,99 como oferta del día cuando ayer estaban a 1,49. Entonces, fugazmente, me invade una súbita tristeza. Mi abuela no puede responder al teléfono, no puede decirme eso de: ‘Nena, qué buena madre que eres y qué niños más espabilados tienes.’ 

      Dice la ley de la adaptación hedonista  que a todo se acostumbra uno, a lo bueno y a lo malo. Que, con el paso del tiempo y si no media enfermedad mental alguna, uno siempre vuelve a su nivel base de felicidad, ya sea después de que le toque  la lotería o de que pierda el empleo. Y es cierto. Me he acostumbrado a no poder hablar con mi abuela del mismo modo que me acostumbré a llamarla a diario o que ella se acostumbró a esperar mi llamada. “Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…”

       Mi abuela es y ha sido, sin duda, única en el mundo, como deberían de serlo todas las abuelas. Por eso mismo, porque he tenido una abuela peculiar e incomparable, sé reconocer qué triste es tener abuelas que no saben querer. Querer de verdad, más allá de excusas y de pretextos, en lo bueno y en lo malo, en los acuerdos y desacuerdos, en la cercanía y en la distancia, en los grandes momentos y en los millones de momentos pequeños.

“Y cuando te hayas consolado (uno siempre encuentra consuelo) te alegrarás de haberme conocido.” 

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I used to talk to my grandmother on a daily basis. Most of the time we'd talk about things of little importance, like recent transgressions by my kids or perhaps the price of artichokes. My grandmother was a pragmatic person, by all accounts. She wasn't into spending time worrying about that which she knew little about or things she had no control over. She was the last person you would expect to be brainwashed. She was neither adventurous or innovative and could find happiness with her husband, her house, her daily rituals and other small things; deals at supermarkets, soap operas, walking to the pharmacy and tabloids – even though she couldn't read the latter very well lately due to her cataracts, but she accepted this fact with a great deal of grace and pragmatism.
“Sweetie, if I don't look at myself in the mirror, I believe that I am 20 years-old.”
My grandmother rarely got upset or angry, but if she did she would hardly express that fact. She started acting differently a couple of years ago while speaking out more and more against things that she'd previously just ignored. We used to wonder if this was because of her natural progression in age or because of the anti-depressant she was taking for the last couple of years. She refused to discontinue the pills but the age factor was unavoidable.
“At my age, I'm not going to discontinue sugar, salt or any pill that makes me feel well.”
She never yelled at me a single time. She never slapped or spanked me for anything. However, when she said no, she absolutely meant no. As there was no way on Earth to change her mind, you learned not to waste a second trying to accomplish the impossible in changing her mind. She never agreed to have lunch at a Chinese restaurant or to eat mussels that she hadn't cleaned or cooked herself – we are who we are.
My grandmother taught me how to knit and crochet. Due to the fact that I'm left-handed, she had to have a lot of patience. In teaching me these skills, she had to observe how I was progressing and patiently undo any mistakes I would make. This process generally meant starting over from the beginning. She taught me how to cook cannelloni, to cross stitch and pin stitch, the latter of which I've completely forgotten how to do. She never bought me sweets or other unnecessary desires that kids generally want, but I was never lacking underwear, shoes or books. She congratulated me on my birthday, my husband's birthday and obviously my childrens' birthdays. I can honestly say that she never forgot a single one.
In one of our last conversations that I will never forget, she said, “Sweetie, given that you're so smart and intelligent, something I share with everybody, do you know of a way to peel a hard-boiled egg without the white falling off?”
My grandmother not only thought that I was intelligent, but she also thought that I might have a solution to such a critical problem. Now, every time I boil eggs, I inevitably think of her.
It's been six months since I've been able to speak to my grandmother. She suffered a severe stroke last summer and now she's partially paralyzed in a bed without the ability to communicate as she did before. Sometimes I think I should call her to tell her that at Mercadona they tried to sell artichokes at $1.99 per kilo while just the day before they were marked at $1.49. I then become very sad by the fact that I can't call her to vent this very important news, at least as it seemed at one time. My grandmother can't answer the phone, she can't say, “Sweetie, you're such a great mother and your children are so bright.”
Hedonistic adaptation says that you get used to everything, regardless of how good or bad the circumstances are. As time goes by, we all go back to our basic levels of happiness or satisfaction. It doesn't matter if you won the lottery or if you've lost your job. At this point, I've gotten used to the fact that I can't talk to my grandmother the same way, just like how we were so used to the fact that we could talk all the time before.
“But if you tame me, then we shall meet each other. To me, you will be unique in all the world. To you, I shall be unique in all the world.”   
My grandmother has been unique in this world, as all grandmothers should be. Because I had a grandmother such as her, I know that I'm able to recognize and fully understand how sad it is not having a grandmother who loves you – to truly love you through good and bad, through agreements and disagreements, through closeness or distance and through life's few big moments and the many, many small ones.    
“And when your sorrow is comforted (time soothes all sorrows) you will be content that you have known me.”      


    


viernes, 22 de enero de 2016

miércoles, 13 de enero de 2016

Juro fidelidad a la bandera de los Estados Unidos...


       Al principio pensé que era una pose, una imitación metrosexual de Gary Cooper, de cowboy duro pero sexy, sombrero ladeado y revólver coruscante. Una hipóstasis de ojos garzos del sueño americano. Así que esperé durante meses a que me deleitase con la versión spanglish de éxitos de venta y crítica como “Tus zonas erróneas” (que no las mías) o “Quién se ha comido mi queso”. Algo así como “Quién me ha chorizado el socarrat” o “Piensa en positivo y te convertirás en un melocotón”. Pero no, la fama y el dinero no llegaron, o al menos no al mismo ritmo que la ignominia y el destierro mercantil.

       Primero dejamos de ir a Mercamona. “Dejamos” mayestáticamente hablando (en su nombre, que no en el mío, porque a mí me toca ir a hacer la compra semana sí y semana también). El motivo: nos hacían enseñar las bolsas en la línea de caja para cerciorarse de que no tomábamos prestados tampones, jamón de jabugo cuatro jotas o cualquier otro producto exclusivo y excepcionalmente caro de los que suelen vender en Mercamona y se ocultan fácilmente en una bolsa de fieltro. Los americanos no enseñan las bolsas, punto. Ya lo dejaron bien claro los Padres Fundadores en la Declaración de Independencia: “Por tanto, nosotros, los representantes de los Estados Unidos, reunidos en Congreso General, apelando al juez supremo del universo, por la rectitud de nuestras intenciones, y en el nombre y con la autoridad del pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos lo presente: que bajo ningún pretexto y en ninguna situación un ciudadano de los Estados Unidos de América enseñará las bolsas en un supermercado.”

       Después dejamos de ir a Alcampo, porque los Americanos no precintan sus bolsas dentro de otras bolsas. Nunca. Especialmente cuando en el epígrafe primero del párrafo anterior estipularon que no iban a enseñar las bolsas. Las bolsas existen, pero como si no lo hicieran, y no se puede precintar lo que no existe. O algo así.

       Tenemos una orden de alejamiento de IKEA como medida cautelar para evitar el homicidio con ensañamiento de uno de sus guardas de seguridad. Mi señor cónyuge chapurrea el español como el personaje del anuncio de vodafone: “wifi, guayfai, figuy”, pero en él confluyen dos procesos lingüísticos dignos de análisis científico: un variado surtido de insultos y tacos pronunciados con impecable acento tejano (“chupa mi poia graande”) y la agudeza auditiva de un murciélago asesino cuando se pronuncia la palabra: “americano”. Mézclense dos porciones de lo primero con una pizca de lo segundo, agítese, y sírvase calentito al tipo que, excediéndose de las libertades que le otorga el uniforme de turno (el último estudio de la Universidad de Islas Cocos demostró fehacientemente que el vestir uniforme dispara la liberación de testosterona) y una plaquita refulgente, miró a los ojos a mi John Wayne particular y le dijo: “vuélvete a casa, puto americano.”

       Tiririririiiii-ri-ri-ri.... Desierto de Nevada, ráfagas de viento polvorientas esparciendo rastrojos estratégicamente situados, mi chico que entorna los ojos y echa mano a su bolsillo y yo, en aquel entonces embarazada de ocho meses, a punto de romper aguas frente a la idílica visión de un cartel anunciado perritos calientes a cincuenta céntimos.

       No sé si por la Triple Entente franco-americana o porque te puedes hacer una foto gratuita con el robot Pepper, Carrefour se había salvado hasta ahora o, mejor dicho, hasta que sus terminales dejaron de leer la tarjeta de crédito de mi esposo. "Juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la república que representa, una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y tarjetas de crédito para todos".

       Pero echemos un vistazo clarificador a la jurisprudencia.

Kathleen Robertson de (Austin, Tejas) fue indemnizada con 780.000 dólares por un jurado tras romperse un tobillo después de tropezar y caerse por culpa de un niño que estaba corriendo en una tienda de cocinas. Los dueños de la tienda se sorprendieron al ser obligados a pagar dicha cantidad, y mas aún al saber que el niño que tan mal se había comportado era el hijo de la señora Robertson.

Carl Truman (Los Ángeles) de 19 años ganó 74.000 dólares y los gastos médicos cuando su vecino pasó por encima de su mano con el coche, un Honda Accord. El sujeto aparentemente no se dio cuenta de que había alguien al volante del coche cuando se puso a robarle los tapacubos.

Kara Walton (Claymont, Delawere) denunció con éxito al propietario de un pub nocturno de la ciudad cuando ella se cayó desde la ventana del baño al suelo y se rompió los dientes contra el suelo. Esto ocurrió mientras la señorita Walton intentaba colarse por la ventana del baño de mujeres para no pagar la cuenta de 3,50 dólares. El propietario tuvo que pagarle 12,000 dólares y los gastos dentales.”
(http://www.erroreshistoricos.com/curiosidades-historicas/costumbres/628-demandas-judiciales-norteamericanas-premiadas-por-los-premios-stella.html)

       Después de leer esto, ¿qué duda cabe de que pulula por los aires de lo que antaño fuera hogar de los apalachee, los seminola, los chereokee, los arapaho o los cheyenne, entre otros muchos, la idea de “si puede hacerse, por estrafalario que sea, hagámoslo.”

       No obstante, después de mucha convivencia y de tanto cariño de ese que dicen que causa el roce, creo que mi marido me está llevando a su terreno. Con algunas puntualizaciones. ¿Qué prácticas están realmente respaldadas por la ley y cuáles no? Por ejemplo: “Por favor, enseñe su bolso a la cajera al salir.” ¿Cómorrrr? ¿Es la cajera alguna autoridad legal y/o policial, miembro de incógnito de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para, sin prueba alguna, solicitar que le enseñe un objeto personal?¿Acaso tal solicitud no lleva implícita, si no una acusación velada, una sospecha muy evidente? Pues no, señora, no le enseño mi bolso. Porque hoy es el bolso y mañana serán los bolsillos y pasado mañana, las bragas. No, dicen las buenas lenguas, expertas en decretos-ley, que nos deleitan con su sapiencia en los foros de internet. Si no enseñas el bolso es porque tienes algo que ocultar. ¡Por supuesto que tengo algo que ocultar! Tengo y quiero ocultar mi intimidad, ese espacio que aún me es propio, personal e intransferible. Quiero poder llevar en mi bolso cuatro galletas rancias envueltas en papel de aluminio, un muñeco vudú de mi suegra o un juguete erótico-festivo si me viene en gana y que siga perteneciendo al mundo íntimo, secreto y destartalado de mis luces y mis sombras.

       La semana pasada, sin ir más lejos, con mi cajera favorita (ella me quiere, yo la quiero, y eso se nota en el ambiente).
    • ¡Hombre, Pepe, cuánto tiempo!¿Cómo va todo?
    • Bien, aquí, a comprar unas cosillas. ¿Cómo van tus padres?
    • Muy bien, ¿y los tuyos?
       A todo esto, la cajera está atendiendo, con una dedicación que salta a la vista, a la clienta que va delante de Pepe que, si tiene algún problema con la obvia invasión de su espacio personal por un extraño que entorpece sus movimientos, no lo manifiesta públicamente. Es el turno de Pepe, que lleva el carro lleno de botellas de coca-cola de dos litros. Cualquier cantidad entre 20 y 30 botellas es plausible. ¡Hagan sus apuestas!
    • ¿Cuántas llevas?, pregunta nuestra empleada del mes.
    • Dieciocho.
    • Vale, con que me saques una para escanearla es suficiente.
      Mi turno.
    • Señora, ¿me enseña usted las bolsas?
    • ¡Pero si soy Pepe!
      Mi amiga me mira con cara de asco. En realidad me quiere, pero lo disimula.

    • Que si me enseña las bolsas.
    • Sí, cuando le digas a Pepe que vuelva y cuentes las botellas de coca-cola que lleva en el carro.
       “Total, qué problema hay en enseñar las bolsas, con tal de no discutir.”

        Pues no, el problema no es enseñar o no enseñar las bolsas, el problema es mutar en borrego. Seguir al rebaño, sin tener nada que decir ni nada por lo que protestar. Dejar que las normas varíen según a quién han de aplicarse. Creerse lo de 'es el protocolo'. No querer perder el tiempo en que las cosas se hagan bien. Pensar que porque algo sea de una determinada manera, siempre ha de ser así. Sacrificar lo que es importante para nosotros, por trivial que pueda parecerle a los demás, con tal de no dar la nota.

       Pues no. No os voy a enseñar las bolsas, ni el bolso. Os puedo enseñar las tetas, si queréis, pero sólo por llevar la contraria y en apoyo a la lactancia materna.