jueves, 11 de febrero de 2016

Mi abuela/ My grandma

     

     Yo solía hablar con mi abuela casi a diario. La gran mayoría de las veces sobre cosas sin trascendencia, como la trastada de turno de los niños o el precio de las alcachofas. Mi abuela era una persona eminentemente práctica a la que no le gustaba que le calentaran la cabeza con cosas a las que no quería o no podía enfrentarse. Nunca fue aventurera o innovadora y encontraba la felicidad en su marido, su casa, sus quehaceres cotidianos y sus pequeñas cosas: las ofertas del supermercado, la telenovela, el paseo hasta la farmacia o las revistas del corazón,  que últimamente apenas alcanzaba a leer y que ella reconocía con un pragmatismo y saber estar envidiables.  “Nena, yo, si no me miro al espejo, me creo que tengo veinte años.”

       Mi abuela raramente se enfadaba y, si lo hacía, no lo expresaba. Empezó a hacerlo (expresar abiertamente su opinión, especialmente la discordante) hace un par de años. Nos preguntábamos si era por la desinhibición propia de la edad o de los antidepresivos que tomaba desde hacía un par o tres de años  y que se negaba a dejar porque, como ella decía, a su edad no iba a dejar de tomar azúcar ni sal ni a volverse adicta a ninguna pastilla. A mí nunca me gritó. No me levantó la voz ni la mano, pero cuando decía ‘no’ quería decir ‘no’,  y como no había forma humana de convencerla de lo contrario, uno no consideraba siquiera gastar tiempo y energía en hacerlo.  Nunca consintió en comer comida china ni mejillones que ella no hubiera limpiado y cocinado personalmente. Las manías no las curan los médicos.

       Mi abuela me enseñó a hacer punto y ganchillo. Debido a mi ‘zurdez’, tuvo  una paciencia estoica: me explicaba cómo hacerlo, me observaba mientras tricotaba y, pacientemente, deshacía la labor cuando me yo me equivocaba y,  ¡vuelta a empezar! Me enseño a hacer canelones, punto de cruz y vainica (aunque de esto último me he olvidado por completo). Nunca me compró ‘chuches’ ni caprichos, pero no me faltaban  ropa interior, calzado o libros. Me felicitaba por mi santo y mi cumpleaños, por el de mis hijos y el de mi marido.  No se le pasó ni uno. En una de nuestras  últimas conversaciones, no lo olvidaré nunca, me dijo: “Nena, tú que eres tan inteligente, porque yo a todo el mundo le digo lo inteligentísima que es mi nieta, ¿no sabrás cómo hacer para pelar los huevo s cocidos sin que se les quede la cáscara pegada?” ¡Ya veis! Mi abuela no sólo pensaba que yo era inteligentísima sino que tenía la solución a tamaño problema. Ahora, cada vez que cuezo huevos me acuerdo, inevitablemente, de ella.

       Hace seis meses que no puedo hablar con mi abuela. Sufrió un infarto cerebral que la ha dejado postrada en una cama, hemipléjica y sin poder apenas comunicarse.  Aún ahora, de vez en cuando, cojo el teléfono pensando que tengo que llamar a mi abuela para contarle que en Mercadona han puesto las alcachofas a 1,99 como oferta del día cuando ayer estaban a 1,49. Entonces, fugazmente, me invade una súbita tristeza. Mi abuela no puede responder al teléfono, no puede decirme eso de: ‘Nena, qué buena madre que eres y qué niños más espabilados tienes.’ 

      Dice la ley de la adaptación hedonista  que a todo se acostumbra uno, a lo bueno y a lo malo. Que, con el paso del tiempo y si no media enfermedad mental alguna, uno siempre vuelve a su nivel base de felicidad, ya sea después de que le toque  la lotería o de que pierda el empleo. Y es cierto. Me he acostumbrado a no poder hablar con mi abuela del mismo modo que me acostumbré a llamarla a diario o que ella se acostumbró a esperar mi llamada. “Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…”

       Mi abuela es y ha sido, sin duda, única en el mundo, como deberían de serlo todas las abuelas. Por eso mismo, porque he tenido una abuela peculiar e incomparable, sé reconocer qué triste es tener abuelas que no saben querer. Querer de verdad, más allá de excusas y de pretextos, en lo bueno y en lo malo, en los acuerdos y desacuerdos, en la cercanía y en la distancia, en los grandes momentos y en los millones de momentos pequeños.

“Y cuando te hayas consolado (uno siempre encuentra consuelo) te alegrarás de haberme conocido.” 

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I used to talk to my grandmother on a daily basis. Most of the time we'd talk about things of little importance, like recent transgressions by my kids or perhaps the price of artichokes. My grandmother was a pragmatic person, by all accounts. She wasn't into spending time worrying about that which she knew little about or things she had no control over. She was the last person you would expect to be brainwashed. She was neither adventurous or innovative and could find happiness with her husband, her house, her daily rituals and other small things; deals at supermarkets, soap operas, walking to the pharmacy and tabloids – even though she couldn't read the latter very well lately due to her cataracts, but she accepted this fact with a great deal of grace and pragmatism.
“Sweetie, if I don't look at myself in the mirror, I believe that I am 20 years-old.”
My grandmother rarely got upset or angry, but if she did she would hardly express that fact. She started acting differently a couple of years ago while speaking out more and more against things that she'd previously just ignored. We used to wonder if this was because of her natural progression in age or because of the anti-depressant she was taking for the last couple of years. She refused to discontinue the pills but the age factor was unavoidable.
“At my age, I'm not going to discontinue sugar, salt or any pill that makes me feel well.”
She never yelled at me a single time. She never slapped or spanked me for anything. However, when she said no, she absolutely meant no. As there was no way on Earth to change her mind, you learned not to waste a second trying to accomplish the impossible in changing her mind. She never agreed to have lunch at a Chinese restaurant or to eat mussels that she hadn't cleaned or cooked herself – we are who we are.
My grandmother taught me how to knit and crochet. Due to the fact that I'm left-handed, she had to have a lot of patience. In teaching me these skills, she had to observe how I was progressing and patiently undo any mistakes I would make. This process generally meant starting over from the beginning. She taught me how to cook cannelloni, to cross stitch and pin stitch, the latter of which I've completely forgotten how to do. She never bought me sweets or other unnecessary desires that kids generally want, but I was never lacking underwear, shoes or books. She congratulated me on my birthday, my husband's birthday and obviously my childrens' birthdays. I can honestly say that she never forgot a single one.
In one of our last conversations that I will never forget, she said, “Sweetie, given that you're so smart and intelligent, something I share with everybody, do you know of a way to peel a hard-boiled egg without the white falling off?”
My grandmother not only thought that I was intelligent, but she also thought that I might have a solution to such a critical problem. Now, every time I boil eggs, I inevitably think of her.
It's been six months since I've been able to speak to my grandmother. She suffered a severe stroke last summer and now she's partially paralyzed in a bed without the ability to communicate as she did before. Sometimes I think I should call her to tell her that at Mercadona they tried to sell artichokes at $1.99 per kilo while just the day before they were marked at $1.49. I then become very sad by the fact that I can't call her to vent this very important news, at least as it seemed at one time. My grandmother can't answer the phone, she can't say, “Sweetie, you're such a great mother and your children are so bright.”
Hedonistic adaptation says that you get used to everything, regardless of how good or bad the circumstances are. As time goes by, we all go back to our basic levels of happiness or satisfaction. It doesn't matter if you won the lottery or if you've lost your job. At this point, I've gotten used to the fact that I can't talk to my grandmother the same way, just like how we were so used to the fact that we could talk all the time before.
“But if you tame me, then we shall meet each other. To me, you will be unique in all the world. To you, I shall be unique in all the world.”   
My grandmother has been unique in this world, as all grandmothers should be. Because I had a grandmother such as her, I know that I'm able to recognize and fully understand how sad it is not having a grandmother who loves you – to truly love you through good and bad, through agreements and disagreements, through closeness or distance and through life's few big moments and the many, many small ones.    
“And when your sorrow is comforted (time soothes all sorrows) you will be content that you have known me.”      


    


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