viernes, 22 de enero de 2016

miércoles, 13 de enero de 2016

Juro fidelidad a la bandera de los Estados Unidos...


       Al principio pensé que era una pose, una imitación metrosexual de Gary Cooper, de cowboy duro pero sexy, sombrero ladeado y revólver coruscante. Una hipóstasis de ojos garzos del sueño americano. Así que esperé durante meses a que me deleitase con la versión spanglish de éxitos de venta y crítica como “Tus zonas erróneas” (que no las mías) o “Quién se ha comido mi queso”. Algo así como “Quién me ha chorizado el socarrat” o “Piensa en positivo y te convertirás en un melocotón”. Pero no, la fama y el dinero no llegaron, o al menos no al mismo ritmo que la ignominia y el destierro mercantil.

       Primero dejamos de ir a Mercamona. “Dejamos” mayestáticamente hablando (en su nombre, que no en el mío, porque a mí me toca ir a hacer la compra semana sí y semana también). El motivo: nos hacían enseñar las bolsas en la línea de caja para cerciorarse de que no tomábamos prestados tampones, jamón de jabugo cuatro jotas o cualquier otro producto exclusivo y excepcionalmente caro de los que suelen vender en Mercamona y se ocultan fácilmente en una bolsa de fieltro. Los americanos no enseñan las bolsas, punto. Ya lo dejaron bien claro los Padres Fundadores en la Declaración de Independencia: “Por tanto, nosotros, los representantes de los Estados Unidos, reunidos en Congreso General, apelando al juez supremo del universo, por la rectitud de nuestras intenciones, y en el nombre y con la autoridad del pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos lo presente: que bajo ningún pretexto y en ninguna situación un ciudadano de los Estados Unidos de América enseñará las bolsas en un supermercado.”

       Después dejamos de ir a Alcampo, porque los Americanos no precintan sus bolsas dentro de otras bolsas. Nunca. Especialmente cuando en el epígrafe primero del párrafo anterior estipularon que no iban a enseñar las bolsas. Las bolsas existen, pero como si no lo hicieran, y no se puede precintar lo que no existe. O algo así.

       Tenemos una orden de alejamiento de IKEA como medida cautelar para evitar el homicidio con ensañamiento de uno de sus guardas de seguridad. Mi señor cónyuge chapurrea el español como el personaje del anuncio de vodafone: “wifi, guayfai, figuy”, pero en él confluyen dos procesos lingüísticos dignos de análisis científico: un variado surtido de insultos y tacos pronunciados con impecable acento tejano (“chupa mi poia graande”) y la agudeza auditiva de un murciélago asesino cuando se pronuncia la palabra: “americano”. Mézclense dos porciones de lo primero con una pizca de lo segundo, agítese, y sírvase calentito al tipo que, excediéndose de las libertades que le otorga el uniforme de turno (el último estudio de la Universidad de Islas Cocos demostró fehacientemente que el vestir uniforme dispara la liberación de testosterona) y una plaquita refulgente, miró a los ojos a mi John Wayne particular y le dijo: “vuélvete a casa, puto americano.”

       Tiririririiiii-ri-ri-ri.... Desierto de Nevada, ráfagas de viento polvorientas esparciendo rastrojos estratégicamente situados, mi chico que entorna los ojos y echa mano a su bolsillo y yo, en aquel entonces embarazada de ocho meses, a punto de romper aguas frente a la idílica visión de un cartel anunciado perritos calientes a cincuenta céntimos.

       No sé si por la Triple Entente franco-americana o porque te puedes hacer una foto gratuita con el robot Pepper, Carrefour se había salvado hasta ahora o, mejor dicho, hasta que sus terminales dejaron de leer la tarjeta de crédito de mi esposo. "Juro lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la república que representa, una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y tarjetas de crédito para todos".

       Pero echemos un vistazo clarificador a la jurisprudencia.

Kathleen Robertson de (Austin, Tejas) fue indemnizada con 780.000 dólares por un jurado tras romperse un tobillo después de tropezar y caerse por culpa de un niño que estaba corriendo en una tienda de cocinas. Los dueños de la tienda se sorprendieron al ser obligados a pagar dicha cantidad, y mas aún al saber que el niño que tan mal se había comportado era el hijo de la señora Robertson.

Carl Truman (Los Ángeles) de 19 años ganó 74.000 dólares y los gastos médicos cuando su vecino pasó por encima de su mano con el coche, un Honda Accord. El sujeto aparentemente no se dio cuenta de que había alguien al volante del coche cuando se puso a robarle los tapacubos.

Kara Walton (Claymont, Delawere) denunció con éxito al propietario de un pub nocturno de la ciudad cuando ella se cayó desde la ventana del baño al suelo y se rompió los dientes contra el suelo. Esto ocurrió mientras la señorita Walton intentaba colarse por la ventana del baño de mujeres para no pagar la cuenta de 3,50 dólares. El propietario tuvo que pagarle 12,000 dólares y los gastos dentales.”
(http://www.erroreshistoricos.com/curiosidades-historicas/costumbres/628-demandas-judiciales-norteamericanas-premiadas-por-los-premios-stella.html)

       Después de leer esto, ¿qué duda cabe de que pulula por los aires de lo que antaño fuera hogar de los apalachee, los seminola, los chereokee, los arapaho o los cheyenne, entre otros muchos, la idea de “si puede hacerse, por estrafalario que sea, hagámoslo.”

       No obstante, después de mucha convivencia y de tanto cariño de ese que dicen que causa el roce, creo que mi marido me está llevando a su terreno. Con algunas puntualizaciones. ¿Qué prácticas están realmente respaldadas por la ley y cuáles no? Por ejemplo: “Por favor, enseñe su bolso a la cajera al salir.” ¿Cómorrrr? ¿Es la cajera alguna autoridad legal y/o policial, miembro de incógnito de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para, sin prueba alguna, solicitar que le enseñe un objeto personal?¿Acaso tal solicitud no lleva implícita, si no una acusación velada, una sospecha muy evidente? Pues no, señora, no le enseño mi bolso. Porque hoy es el bolso y mañana serán los bolsillos y pasado mañana, las bragas. No, dicen las buenas lenguas, expertas en decretos-ley, que nos deleitan con su sapiencia en los foros de internet. Si no enseñas el bolso es porque tienes algo que ocultar. ¡Por supuesto que tengo algo que ocultar! Tengo y quiero ocultar mi intimidad, ese espacio que aún me es propio, personal e intransferible. Quiero poder llevar en mi bolso cuatro galletas rancias envueltas en papel de aluminio, un muñeco vudú de mi suegra o un juguete erótico-festivo si me viene en gana y que siga perteneciendo al mundo íntimo, secreto y destartalado de mis luces y mis sombras.

       La semana pasada, sin ir más lejos, con mi cajera favorita (ella me quiere, yo la quiero, y eso se nota en el ambiente).
    • ¡Hombre, Pepe, cuánto tiempo!¿Cómo va todo?
    • Bien, aquí, a comprar unas cosillas. ¿Cómo van tus padres?
    • Muy bien, ¿y los tuyos?
       A todo esto, la cajera está atendiendo, con una dedicación que salta a la vista, a la clienta que va delante de Pepe que, si tiene algún problema con la obvia invasión de su espacio personal por un extraño que entorpece sus movimientos, no lo manifiesta públicamente. Es el turno de Pepe, que lleva el carro lleno de botellas de coca-cola de dos litros. Cualquier cantidad entre 20 y 30 botellas es plausible. ¡Hagan sus apuestas!
    • ¿Cuántas llevas?, pregunta nuestra empleada del mes.
    • Dieciocho.
    • Vale, con que me saques una para escanearla es suficiente.
      Mi turno.
    • Señora, ¿me enseña usted las bolsas?
    • ¡Pero si soy Pepe!
      Mi amiga me mira con cara de asco. En realidad me quiere, pero lo disimula.

    • Que si me enseña las bolsas.
    • Sí, cuando le digas a Pepe que vuelva y cuentes las botellas de coca-cola que lleva en el carro.
       “Total, qué problema hay en enseñar las bolsas, con tal de no discutir.”

        Pues no, el problema no es enseñar o no enseñar las bolsas, el problema es mutar en borrego. Seguir al rebaño, sin tener nada que decir ni nada por lo que protestar. Dejar que las normas varíen según a quién han de aplicarse. Creerse lo de 'es el protocolo'. No querer perder el tiempo en que las cosas se hagan bien. Pensar que porque algo sea de una determinada manera, siempre ha de ser así. Sacrificar lo que es importante para nosotros, por trivial que pueda parecerle a los demás, con tal de no dar la nota.

       Pues no. No os voy a enseñar las bolsas, ni el bolso. Os puedo enseñar las tetas, si queréis, pero sólo por llevar la contraria y en apoyo a la lactancia materna.